miércoles, 23 de marzo de 2011

ARGENTINA - Varios temas de interés para leer - "Subsidios para que las mujeres puedan salir de la violencia - La trata una de las industrias más rentadas en el mercado global "-

VIERNES, 18 DE MARZO DE 2011
Proponen subsidios para que las mujeres puedan salir de la violencia,
Fuente: suplemento de pagina12.cm.ar
“Es urgente la necesidad de que tanto el Poder Ejecutivo como el Legislativo nos pongamos a trabajar juntamente y en forma inmediata para frenar estos terribles hechos de violencia doméstica, cada vez más frecuentes y más violentos”, sostuvo el diputado Gustavo Ferrari. Los femicidios crecieron un 10 por ciento en el 2010, según el observatorio de medios de “La casa del encuentro”. Además, el 8 de marzo, Día de la Mujer, murió una joven de 17 años quemada, presuntamente, por su pareja en Santiago del Estero. También se conoció la internación de una mujer a causa de quemaduras ocasionadas, según los investigadores, por su pareja, con un embarazo de ocho meses, y que una mujer fue herida de cuatro balazos tras una discusión con su ex pareja en el partido bonaerense de Lomas de Zamora.
El diputado Ferrari presentó un proyecto de reforma integral para abordar la problemática de la violencia de género. La propuesta está conformada por nueve iniciativas que incluyen un registro integral de hombres violentos para ser utilizados por los jueces y un subsidio para que las víctimas puedan irse de su casa con un apoyo del Estado para no soportar la violencia por falta de recursos para subsistir y mantener a sus hijos/as.
También se suman, a las actuales normas, reformas al Código Penal que pretenden —entre otras cosas— extender las agravantes por el vínculo (que hoy se aplican a los cónyuges) también a quien sea concubino, ex concubino o haya mantenido una relación afectiva con la víctima. Esto implica que los novios, parejas o ex parejas también tendrían una pena agravada por el vínculo en los casos de cometer femicidios, y no sólo los asesinos que estuvieron legalmente casados con sus víctimas.
Además, el legislador propone penar la violencia psicológica (que es una de las más difíciles de probar y de frenar en los varones) e introducir reformas procesales que eviten la revictimización de las mujeres maltratadas. “No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras siguen matando a las mujeres; como legisladores debemos asumir nuestro compromiso con la gente y trabajar en pos de una legislación más fuerte y capaz de garantizar seguridad e integridad física a las víctimas de violencia familiar; sería vergonzoso e imperdonable no hacerlo con el argumento del año electoral”, sentenció Ferrari para activar nuevas medidas que logren frenar y erradicar la violencia (creciente) hacia las mujeres.
“Durante el 2010, fueron asesinadas 260 mujeres en un contexto de violencia de género; mientras en lo que va de este año las cifras arrojan una mujer por día asesinada por su pareja o ex pareja. A su vez, la Corte Suprema de Justicia de la Nación registra un aumento de casi un 70 por ciento de las denuncias en cuatro años, lo que hace impostergable ponernos en acción”, exigió el legislador, a la espera de que sus proyectos de ley sean tratados en la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados.
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Escrito en el cuerpo
El Estado acaba de crear la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género que coordina la abogada Perla Prigoshin. En esta entrevista, ella relata una historia atravesada por las temáticas que suelen acorralar a las mujeres. Prigoshin se define a favor de la despenalización del aborto y denuncia que la violencia está creciendo como un efecto no deseado del aumento del poder femenino. Por eso, sólo puede frenarse con decisión política de varones y mujeres.
       Por Luciana Peker

–Yo me casé a los 16 años –cuenta Perla Prigoshin, una mujer que destila el rojo de su pelo, su cara y su cuerpo elástico que se mixtura con las esculturas en maderas que resaltan las siluetas femeninas.
–¿Por qué a los 16?
–Por apurada, como hice todo en la vida –dice y se ríe Perla, abogada y recientemente nombrada al frente de la nueva Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género, dependiente del Ministerio de Justicia, que no contesta con un cassette de corrección de género sino con una pasión (casi) encarrilada. Casi. “Siempre viví como si la vida se me escapara”, define. “No me casé embarazada, pero fui madre a los 16.”
–¿Tan chiquita?
–Sí. Tengo todo el derecho de familia en mi cuerpo. Las temáticas de género me atraviesan como protagonista. Después de unos años fue difícil sostener ese matrimonio. Yo le planteé que me iba y él terminó con una frase que nunca podré olvidar: “Vas a ser mía por última vez” y hubo una relación sexual no consentida. En ese momento, vivía en Córdoba. Llegué a Buenos Aires y no aparecía la menstruación. Estaba embarazada y me hice un aborto en un departamento que recuerdo oscuro, tal vez no lo era, pero yo lo recuerdo oscuro. Ahí estaba la partera que me hizo el aborto. Me acompañó mi mamá y lo pagué con dinero prestado por una tía. Cuando me desperté de la anestesia lo primero que pensé fue: “No estudio más Ciencias Exactas. Voy a ser abogada y a defender mujeres”. Sin darme cuenta me convertí en feminista, en ese momento, a los veinte años.
–La oscuridad en la que tuviste que realizarte un aborto después de una violación marital te marcó para toda la vida....
–Sí, fijate vos la omnipotencia de la adolescencia, yo pensé que a ninguna mujer más le iba a pasar lo que me había pasado a mí. A esta altura del campeonato sigo siendo feminista, pero aprendí que no a todas les puedo evitar pasar por una situación de violencia, lo cual no implica que no siga peleando para que no quede una mujer más que padezca violencia.
–A diferencia de otras luchas sociales en donde se pide por otras personas, en el feminismo una pelea por situaciones que también vivió o vive...
–Absolutamente. No quisiera que se piense “qué generosa es la Prigoshin”. Yo reparo mi propia historia en esta pelea. Por eso tengo tanta pasión. Hasta el día que me muera voy a intentar remendar mi vida.
–¿Estás a favor de la despenalización del aborto?
–Absolutamente. Estoy a favor de la legalización del aborto. La realización de abortos es una obligación estatal en la medida en que haya una decisión seria de la mujer de hacerlo.
–Hay muchas voces que dicen que no estamos todavía en el momento político para legalizar el aborto...
–Yo creo que este es el momento para legalizar el aborto. Por otra parte, no hay ninguna señal del Poder Ejecutivo nacional que indique lo contrario. En todo caso, queda claro que el PE no va a tomar la batuta, pero de ningún lado surge que si el Parlamento aprueba la despenalización no va a ser ley.
–¿Entonces la responsabilidad la tiene el Congreso Nacional?
–Sí. Cuando la oposición tuvo mayoría no despenalizaron el aborto. Los mismos que levantan el dedo acusador para decir que Cristina Fernández de Kirchner no tiene estrategia en la temática de género sacaron el 82 por ciento móvil, pero no sacaron la despenalización. Epa, a ver si cada uno asume su responsabilidad en todo esto.
–En tu carrera de abogada llegaste a la Corte Suprema de Justicia para que autoricen a una mujer embarazada con un feto con anencefalia (sin posibilidades de vida) a interrumpir su gestación. ¿Creés que este año el máximo tribunal se va a pronunciar sobre abortos no punibles?
–Creo que sí. La Corte Suprema de Justicia está teniendo una conducta proactiva respecto de la defensa de los derechos de las mujeres con un compromiso que emociona.
–¿Qué se puede hacer para frenar las revinculaciones a las que obligan muchos jueces de niños y niñas abusados/as sexualmente por sus padres priorizando la idea de familia a la integridad de chicos y chicas?
–La Corte está metiendo la mano en temas cruciales y abordando las debilidades del Poder Judicial. Creo que van a abordar también este tema.
–¿Por qué se crea la Comisión cuando ya existe el Consejo Nacional de las Mujeres?
–Hay que prevenir, sancionar y erradicar la violencia. La erradicación es un camino a recorrer, es como la idea de la utopía de Eduardo Galeano, camino dos pasos y se aleja, pero sirve para caminar. La prevención es función del Consejo Nacional de las Mujeres y la sanción es una responsabilidad de la Comisión que yo coordino.
–¿Qué proyectos tienen?
–Vamos a soñar distintas estrategias y abrir un camino que permita generar el reproche social. El día que en nuestra sociedad no se naturalice que a un tipo diga “cállate, loca, estás con la regla” o que cuando una mujer que va a parir le griten “si te gustó el carozo, bancate la pelusa” o no se justifique en la tele el caño con la frase “muestra el culo porque le gusta”...
–La semana pasada, la periodista Julia Mengolini enfrentó a Gerardo Sofovich y le dijo que él era machista por sólo mostrar a las mujeres a través de la cosificación de su cuerpo. Y él le contestó que para eso tienen teta y culo...
–Los tipos tienen pene y no andan revoleándolo por los escenarios. Pero, además, Julia Mengolini es discípula mía y no puedo evitar sentir orgullo por su intervención. Julia es muy valiente. Ella es abogada, trabajó conmigo en el Consejo Nacional de las Mujeres y sigue estudiando. Julia encontró el espacio mediático para dar la pelea y lo está haciendo muy bien y con bastante soledad. Ella sabe que cuenta con mi apoyo incondicional. Espero que la traten bien en los medios, pero si no, tiene un lugar para trabajar conmigo.
–Sofovich no es el único machista. También Alejandro Fantino esta semana hizo que le toquen los pechos a una invitada y José María Listorti gritó que si su esposa quiere salir a trabajar de bailarina él la va a encerrar a su casa. ¿Se puede detener la violencia mediática?
–Sí, claro. La comisión va a trabajar con dieciocho personalidades notables con un plan a cinco años en el que esa va a ser una de las metas. En el equipo van a estar la periodista Liliana Hendel, Fabiana Túñez (de La Casa del Encuentro), el psiquiatra Enrique Stola (perito en el caso Grassi), la psicoanalista Eva Giberti, la abogada Nelly Minyersky, la filósofa Esther Díaz, las ginecólogas Diana Galimberti y Margarita Berkenwald, la militante Gabriela Adelstein y tengo pendiente la respuesta de algunas otras personas.
–¿La violencia de género además de estar visibilizándose está creciendo?
–Creo que sí. Se está visibilizando de otro modo y también está creciendo. Pero uno de los problemas es que la noticia se trata como mercancía y se sigue repitiendo que son crímenes pasionales. Pero nadie mata por amor, se sufre por amor en todo caso. Además hay una impotencia de los varones frente a este nuevo modelo de mujer que se va asentando, mientras que los hombres no construyeron un nuevo modelo de masculinidad. Por eso, no creo que podamos salir de la violencia si no la abordamos también con los hombres.
–Se pensaba que con la llegada de las mujeres al poder se iba frenar la violencia y, sin embargo, está aumentando...
–Creo que sí y que no estábamos preparadas. Es un efecto no deseado del posicionamiento de las mujeres. Pero vamos a darle batalla y a salir adelante.
–¿Qué pasa con las mujeres que se separan y denuncian y son igualmente atacadas por sus ex parejas? ¿Cómo se las puede proteger?
–Hay recursos en la nueva ley de violencia, como hacerse acompañar por personas que le generen confianza, que ellas elijan. También existen medios tecnológicos que pueden usarse para que ellas se defiendan. Esta comisión no tiene ninguna limitación para trabajar. No se van a recibir denuncias, sino pensar estrategias. Y van a existir tres consejos asesores. Además, a partir del 25 de noviembre, se van a generar réplicas provinciales de esta comisión.
–¿Qué les dirías a las mujeres que son violadas, pasan por un aborto clandestino o son maltratadas psicológicamente?
–En lo visceral les diría que se apoyen en mujeres que la hayan pasado brava y que laburen por las mujeres, que es sanador y tiene un efecto reparador del tejido social. Y, en lo profesional, que denuncien e insistan porque falta mucho... pero estamos caminando.

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La otra revolución industrial
No hay suficientes personas en el mundo preocupadas y ocupadas por la trata, por eso avanza y se levanta como una de las industrias más rentables del mercado global. Tampoco hay hombres dispuestos a cuestionarse su “consumo de sexo” y el lugar que ocupan en esta tragedia mundial. La periodista mexicana Lydia Cacho, que recorrió diferentes puntos clave de compra y venta de mujeres en el mundo, desentraña en Las esclavas del poder editado por Debate cada uno de los engranajes y actores de este crimen organizado. Saber de qué hablamos cuando hablamos de trata puede ser un punto fundamental para erradicarla de este mundo.
 Por Liliana Viola
Ocho países figuran en el índice de este libro recién publicado en la Argentina, como una hoja de ruta: Turquía, Israel, Palestina, Japón, Camboya, Birmania, México. Ocho destinos marcados por su posición estratégica en el rapto, compraventa y abuso sexual de mujeres. Especie de vuelta al mundo, o mejor dicho, dar vuelta el mundo, patas arriba, para que en esa posición incómoda y patética caiga uno de los más grandes negocios del siglo XXI: la esclavitud. Abolida el siglo pasado con su correspondiente liberación de la conciencias, resucita en books, páginas vip, empresas de acompañantes y aporta la misma calma a quienes prefieren pensar que “algo habrán querido”. Sí, falta un país en la lista de arriba: Argentina está entre los ocho puntos clave y juega un lugar protagónico en el capítulo donde se desenmascara la conexión política con los clubes nocturnos de Cancún.
Lydia Cacho, la periodista mexicana autora de Las esclavas del poder, se sube y se baja de aviones, recorre calles, barcitos de mala y también de exclusivísima muerte donde se entrevista con personas abyectas, con víctimas, con informantes, con aislados héroes y mártires (asesinan a un periodista durante la investigación de este libro) que rescatan y sanan, que luchan contra un monstruo sin cabeza. No, esto último hay que rectificarlo cuanto antes, no es un error menor ni inocuo. No hay monstruo sin cabeza sino crimen organizado, negocio rentable con una mercancía que, trabajando tan sólo dos años gratis, a veces a los golpes y drogadas pero la mayoría de las veces convencidas de que están en deuda con quienes les pagaron el pasaje, se quedaron con sus documentos en un país extraño y antes les prometieron un trabajo de mucamas, de mozas o de modelos, genera una ganancia incomparable. Y nunca son sólo dos años gratis. Al proxeneta con el pucho en la boca y parado sobre un farol, a la madama venida a menos y a la propia madre que vende a sus crías, habrá que agregarles unos personajes menos pintorescos: altos funcionarios, jueces, banqueros, policías, sicarios, embajadores y ministros de asuntos exteriores que emiten pasaportes auténticos con información falsa, y hombres comunes con sus nombres y apellidos. Lydia Cacho los nombra a todos. “Unos crean el mercado de la esclavitud, otros lo protegen, lo promueven, lo alimentan y otros más renuevan la demanda de materia prima.” La materia prima se va recolectando en diversos países, cada uno con su cultura, sus creencias y sus prejuicios, todo vale. Por ejemplo, en Turquía, donde en los 5 últimos años fueron traficadas 200.000 mujeres, donde el 50 por ciento de las emigrantes termina en prostitución y es record la prostitución de transexuales, las mujeres para salir de sus casas deben llevar velo y la transexualidad se considera un pecado. Hay prostitución legal, sin embargo la clandestina es infinitamente mayor. El negocio de la esclavitud necesita de la prostitución lícita para que resulte más complejo decidir cuál es cuál. Las calles de Turquía están muy visitadas por noruegos y suecos, en cuyo país la prostitución está prohibida; aquí además nadie los reconoce.
Si algo fundamental consigue este libro, a medida que revela el teatro de operaciones, es quitarle el pánico moral que la trata de personas viene cargando desde que se habla de ella. No hay melodrama. No queda lugar para el grito de espanto ni para la pregunta desconfiada sobre cómo es que estas chicas no logran escapar, ambas interjecciones de la agenda progresista tan funcionales a la agenda negra. Aquí las putas, las natashas, las geishas son esclavas aunque se llamen escort service: “Mientras usted lee este libro puede entrar en la página zonadivas.com y contratar a una mujer de esos países. ¿Cómo sabe un cliente que esa mujer está allí por propia voluntad o es esclava de un red de tratantes que la controlan por deudas impagables, amenazas y aislamiento?”, advierte la autora. Los clientes tienen voz y “las prefieren sumisas y cariñosas, que no parezcan putas”, mientras los empresarios se ocupan de asegurarle la salud al que paga: “Los tratantes inyectan antibióticos una vez al mes a las prostitutas para proteger a los clientes que en general se niegan a usar condón. Costumbre que genera un problema de salud tremendo para ellas, pues las hace resistentes a los medicamentos más potentes”. La trata de personas, documentada en 175 naciones, demuestra las debilidades del capitalismo global y la disparidad provocada por las reglas económicas de los países más poderosos, pero sobre todo revela la normalización de la crueldad humana y los procesos culturales que la fortalecieron.
En 2005 L. Cacho fue encarcelada y torturada a raíz de su libro Los demonios del edén: el poder que protege a la pornografía infantil, donde denunciaba un negocio de poderosos que no está en absoluto alejado de éste. Ante la pregunta sobre cómo se salvó y cómo se le ocurre seguir, ella reconoce que “lo fundamental fue que soy muy realista, nunca he subestimado una amenaza de muerte y siempre he pedido ayuda. Antes de que me detuvieran al equipo de mi oficina y a mi pareja les hice saber que si algo me sucedía debían llamar a una serie de personas, hicimos una lista que incluía a gente de la ONU con quienes he trabajado, de Amnistía Internacional, etc. Paralelamente mis colegas de medios fueron absolutamente solidarios y no cejaron en su esfuerzo hasta asegurarse de que llegara con vida al día siguiente de que fui levantada y torturada por la policía”.
–La torturaron, la amenazaron. ¿Siguen intentando sobornarla o intimidarla?
–Intentaron sobornarme antes de mi arresto, luego yo fui tan clara públicamente que nunca sucedió. Lo que sí es que no he dejado de recibir amenazas desde que publiqué Las esclavas del poder, particularmente de las mafias extranjeras en México. Recientemente me han dicho que el argentino ex oficial de la SIDE (de 1974 a 1987) Raúl Martins y su nuevo socio Gabriel Conde (que ahora vive en Cancún), que reabrieron un nuevo prostíbulo de lujo allí, por cierto de manera ilegal, han dicho que van a deshacerse de mí. Creo que lo más peligroso para ellos es que mi trabajo periodístico en algunos casos ha logrado despertar el interés de autoridades para volver a mirar casos que daban por perdidos. Unos amigos periodistas que fueron al nuevo club nocturno de Martins me dijeron que aseguró que si yo me “meto con él en Argentina, la voy a pagar con la vida”. Así que me recomendaron que no publicara en Argentina y que no fuera, porque la mafia que él controla en su país es muy poderosa.
CIRCULO EMPRESARIO
–¿Por qué dice en su libro que la trata de blancas es un fenómeno que nació en el siglo XX?
–Aunque la trata de mujeres (ya no se dice de blancas porque ahora son de todas las razas) es un fenómeno antiguo, lo que decimos es que se ha potenciado a nivel comercial como nunca en la historia. La mecánica de la trata sexual ha cambiado porque abreva del movimiento feminista. Antes a las mujeres se las esclavizaba haciéndolas adictas al opio, la heroína o la marihuana y el alcohol. Ahora se les entrena con pornografía, se les inculcan los valores sexistas que promueven la prostitución como única salida válida para ciertos grupos socioeconómicos y raciales. Los tratantes se han montado en la ola de la libertad sexual y han logrado construir un discurso posmoderno, con la desgraciada ayuda de algunos intelectuales y feministas, en el que la esclavitud es supuestamente una opción.
–¿Ahí radica la diferencia con la esclavitud del siglo pasado?
–A diferencia de la era de esclavitud africana, en que se daba por cierto que las y los negros carecían de derechos, en el siglo XX se construyó un discurso que dice que las mujeres eligen la esclavitud y la asumen como una herramienta de desarrollo económico. Lo cierto es que ninguna de esas académicas y feministas vive de la prostitución forzada, sino de alentarla y justificarla, creando una gran confusión y descalificando a quienes la cuestionamos. Para mí este no es un asunto de moral sino de ética pública, si hubiera equidad real y opciones educativas y económicas millones de mujeres no estarían en condiciones de prostitución sino con una vida sexual y erótica plena y libre.
–Entre líneas en su libro, el feminismo, o al menos una parte, carga con sus duras críticas e incluso se refiere al auge de la trata como un boomerang del feminismo. Lo que acaba de decir deja afuera aquello de “entre líneas”.
–Yo soy feminista, desde niña lo tengo claro. No fue el feminismo el responsable de que hoy en día la trata sexual sea un flagelo mundial, fue la ausencia de participación masculina en el movimiento por la igualdad lo que generó mayor desigualdad (ese es el boomerang del feminismo). Me explico: los logros del feminismo son monumentales en todos los ámbitos y casi todos los países, sin embargo aunque millones de hombres coinciden con los principios feministas de equidad, trabajos iguales salarios iguales, no violencia, etcétera, lo hacen como individuos, no como grupo social. Basta ver lo raquíticos que son los movimientos para la creación de nuevas masculinidades en el mundo, que se enfrentan al machismo puro y duro de una manera impresionante. Los hombres son los grandes ausentes en esta transformación global, como individuos pueden ser muy equitativos, pero pocos están dispuestos a dar la batalla diaria para defender y construir una nueva forma de ser hombres, consideran que cambiar como individuo es suficiente. Luego están los millones que no sólo no cambiaron, sino que están furiosos con los principios de equidad de las mujeres y que buscan revertir esos cambios exigiendo mujeres jóvenes, obedientes, capaces de reproducir el paradigma de hembra solícita que ellos conocen y que los hace sentir seguros en su masculinidad machista.
–Usted dice también que los empresarios del sexo han modernizado sus técnicas apropiándose del discurso progresista. ¿Cuanto más informados estamos, más datos les damos sobre cómo vender mejor su producto?
–A principios de la primera década de este siglo comenzaron a surgir libros, series de televisión y reportajes escritos sobre la esclavitud de las mujeres y las técnicas para trasladarlas. El periodista Víctor Malarek reveló pruebas claras en su libro Las Natashas tristes, esclavas sexuales del siglo XXI, donde explicó con detalle las estrategias de traficantes y tratantes que llevaban mujeres de Rusia y países aledaños a Estados Unidos. Fue entonces cuando los tratantes de todo el mundo, que funcionan en redes de protección interconectadas, cambiaron sus técnicas. Entendieron que debían subirse a la ola de la modernización y empezaron a repetir el mismo discurso de académicos y feministas que defendían el trabajo sexual como la liberación de la sexualidad femenina en la economía capitalista. Ya no había que drogarlas, golpearlas ni mantenerlas profundamente atemorizadas, sólo había que fortalecer la cultura del sexismo, maquillada de sofisticación. Y así son los métodos que hoy se emplean para someter.
–¿Por qué cree que los hombres insisten con la compra de sexo? ¿Le llama la atención esa necesidad de los clientes de que ellas no parezcan forzadas?
–La prostitución es un producto cultural. Siglos atrás, cuando a las mujeres se les consideraba seres inferiores y sin derechos, el patriarcado estipuló que el placer sexual es eminentemente masculino y que la obligación de proveerlo es eminentemente femenina. Así heredamos esta visión arcaica de que los hombres son como animales incapaces de controlar su libido (yo no creo que lo sean) y que las mujeres son a la vez provocadoras de esa libido incontrolable y corresponsables de la violencia que reciben a raíz de esa supuesta incapacidad masculina para controlarse. Lo cierto es que la cultura ha asimilado la violencia sexual como algo inevitable y tanto hombres como mujeres de todo el mundo justifican diariamente la existencia de esclavas sexuales como un método para evitar que las “mujeres buenas y decentes” sean violadas. En ese contexto la prostitución nace como un producto comercial en que las mujeres y niñas están a la venta para facilitar la vida de los hombres.
–Usted habla de un sistema de la esclavitud. ¿Qué dice de toda la otra versión que muestra al comercio sexual como un lugar de intercambio de poderes, glamour y placer?
–Hombres y mujeres somos a la vez víctimas y reproductores de esos paradigmas. La prostitución nace como una estrategia de sometimiento y esclavitud de las mujeres, luego se glamoriza para convertirla en un supuesto oficio en el que para tener poder debés a tu vez explotar a otras mujeres y niñas. Es un sistema de esclavitud perfecto porque su discurso alega que las mujeres tienen la voluntad de ser objetos de placer a voluntad de un tercero. No me extraña nada la actitud masculina, los hombres son también víctimas de estos valores culturales; lo que me extraña es que no seamos capaces de rebasar el viejo discurso de que la prostitución es un acto de libertad sexual, cuando millones de personas son víctimas de ese discurso mientras unas cuantas viven de él. La verdadera libertad sexual y erótica es que nadie se vea forzado a nada y que los hombres aprendan a relacionarse eróticamente desde la equidad, no desde la desigualdad.
En las casas donde se hospedan las víctimas la pornografía, las películas eróticas se emplean para crear una cultura de aceptación y normalización de la explotación. Los tratantes convencen a las mujeres de que el sueño de ser estrellas porno es de ellas y que además es realizable. La autora da cuenta de casos tan bizarros en los que un joven amable y supuestamente enamoradizo es contratado para hacer el papel de héroe romántico que mantiene a varias chicas en simultáneo con la ilusión de que las liberará por amor. Esclavas del poder consigue derribar algunos supuestos. Uno de ellos, el de que las chicas y mujeres quedan tan marcadas que no pueden hablar. Por el contrario, las entrevistadas para este trabajo recuerdan con claridad asombrosa los rostros, las palabras y las acciones de quienes las raptaron y quienes las compraron, así como los lugares y los funcionarios que intervinieron. No hay mucha gente dispuesta a tomarles declaración ni a tomarlas en serio. El monstruo con cabeza las ha convertido en las otras, las que ahora están para eso.
Países record
Tailandia, Camboya y Japón son los tres países asiáticos donde más se consume la prostitución: el 70 por ciento de los hombres pagan por sexo. Tailandia, a pesar de sus leyes contra la trata y la prostitución forzada, recibe 5,1 millones de turistas sexuales al año, y según Ecpat entre 450.000 y 500.000 hombres locales pagan por tener sexo con adultas y menores de edad. En Europa, España encabeza la lista de países consumidores de prostitución. En México, los centros turísticos como Cancún, Playa del Carmen y Acapulco reciben cada vez más visitantes norteamericanos y canadienses en busca de sexo con mujeres jóvenes, dóciles y obedientes, como pude comprobar en una de mis noches de investigación en los centros nocturnos de Cancún.
Cifras en la piel
Las colombianas, mexicanas y rusas que entrevisté en Japón y se prostituyen en las calles, esclavizadas por deudas millonarias con la mafia yakuza, tienen cuatro clientes en noches malas, seis en las regulares y hasta catorce en las mejores. Una joven colombiana sacó de su bolso una libreta pequeña con un diseño de Hello Kitty en la que apuntaba cuántos clientes había tenido cada noche durante los once meses que llevaba en Tokio. Ansiaba pagar su deuda de 15 mil dólares a su tratante, quien la compró a través de una red internacional y la hizo traer desde Medellín. Sólo entonces al pagar su deuda podía comenzar a juntar dinero para volver a casa. En el tiempo que llevaba como prostituta forzada había tenido sexo con 1320 hombres. Las niñas de diez años, rescatadas de Pataya, Tailandia, me narraron que tenían seis o siete clientes de yum yum (sexo oral) todos los días al año. La joven de diecisiete años que huyó de sus tratantes en Ciudad Juárez tenía hasta 20 clientes al día, dos terceras partes nacionales y una tercera parte norteamericanos. Había sido forzada a tener sexo 6750 veces, y sólo el 10 por ciento eran clientes cautivos.
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VIOLENCIAS
La costumbre de matar
Guerras entre pandillas, ritos satánicos o la certeza de que la violación y asesinato de mujeres no tiene castigo porque no lo tuvo durante años de conflicto armado; todas y ninguna son las razones que se supone explican que en Guatemala hayan muerto violentamente 4400 mujeres jóvenes y que menos del 4 por ciento de los casos haya sido investigado. Rosa Franco, que llevó el caso de su hija hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuenta de su dolor y de su estupor frente a la impunidad.
 Por Josefina Salomon
Desde Guatemala
La última vez que Rosa Franco vio a su hija, María Isabel, fue un domingo de diciembre de 2001. Rosa había ido al negocio de ropa donde la joven estudiante trabajaba para llevarle la merienda. Era parte de su rutina. Visitarla dos veces al día para asegurarse que María Isabel, de 15 años, comiera bien. “Le había dado permiso de trabajar durante sus vacaciones para que tuviera algo de dinero extra para salir, para sus gastitos”, dice. Las fiestas se acercaban rápidamente y entre el calor y las vacaciones, los centros comerciales en Ciudad de Guatemala hervían de gente. Pero María Isabel estaba contenta. Sonreía mientras repartía volantes y atendía a las jóvenes clientas de aquella famosa boutique de moda. “Le pregunte si quería que la fuera a buscar y me dijo que no me hiciera problema, que alguien ya había quedado en llevarla a casa”, recuerda Rosa con tremendo detalle, como si no hubiera pasado una década desde aquel día.
Pero esa noche, María Isabel no volvió a su casa.
“Me preguntaba por qué no había vuelto si sabía que cuando me pedía permiso para salir yo la dejaba. Me dije que volvería a la mañana siguiente, no pensé nada malo”, dijo Rosa. Las alarmas comenzaron a sonar cuando al día siguiente, la habitación de María Isabel continuaba vacía. El instinto de Rosa la obligó a salir a buscarla, a preguntar por ella en su trabajo, a sus amigas, al grupo con quien la adolescente salía. “Uno de los muchachos de la boutique me dijo que el día anterior había visto a un individuo que estaba hablando por un celular y le decía a alguien ‘sí, aquí estamos, ya estamos listos, ya yo estoy listo’.”
Rosa hizo una denuncia en la policía y gracias a la descripción que hizo el compañero de María Isabel, se estableció un identikit del sospechoso, pero la policía decidió no abrir una investigación. Durante los próximos dos días, Rosa continuó buscando sin descanso, examinó todas las posibilidades, que María Isabel se hubiera escapado, que estuviera embarazada y tuviera miedo de contárselo, que hubiera hecho algo malo. Nunca pensó que le había pasado algo. “Esa noche llegué a mi casa agotada pero puse las noticias, fue como que dios me dijo que encendiera la tele, y ahí estaba mi hija, tirada en un terreno baldío, boca abajo. La reconocí por la ropa. Mi hija hermosa, ahí la fueron a tirar como si fuera basura. Tenía los ojos vendados, la cara golpeada, una herida de cuchillo en el pecho.”
DISCRIMINACION Y CULTURA DE IMPUNIDAD
Según cifras publicadas recientemente por el gobierno guatemalteco, durante 2010, más de 700 mujeres fueron víctimas de asesinatos violentos. En los últimos 10 años, la cifra alcanza los 4400. En cada uno de los casos, las víctimas son mujeres jóvenes y las características de los asesinatos, brutales, violentos. En muchas ocasiones, hay evidencia de violencia sexual. Organizaciones como Amnistía Internacional aseguran que parte del problema tiene que ver con la alta tasa de impunidad –menos del 4 por ciento de los casos de femicidio son investigados y virtualmente nadie ha sido encarcelado por ninguno de los cientos de asesinatos que han tenido lugar en el país–.
La falta de Justicia tiene lugar a pesar de la aprobación, en 2008, de una ley que tipificó la violencia contra las mujeres como delito y estableció la creación de juzgados y penas especiales para estos crímenes.
“Las mujeres de Guatemala se están muriendo como consecuencia de la falta de protección del Estado”, dijo Sebastián Elgueta, especialista sobre Guatemala de Amnistía Internacional. “La existencia de altos niveles de violencia, falta de voluntad política y un historial de impunidad significa que las autoridades son incapaces de hacer rendir cuentas a los perpetradores o, sencillamente, no les importa. Los perpetradores saben que quedarán impunes.”
Nadie sabe exactamente la razón por la que tantas mujeres son brutalmente asesinadas en Guatemala. Algunos apuntan a la existencia de una cultura generalizada de violencia, donde pandillas criminales cuentan con gran poder. Otros hablan de sectas satánicas. Grupos como Amnistía Internacional apuntan al conflicto interno que afectó al país entre 1960 y 1996, que dejó un saldo de más de 200.000 desaparecidos y en el que miles de mujeres fueron abusadas sexualmente. Según la organización de derechos humanos, la impunidad de la que hasta hoy gozan los responsables de aquellos abusos, creó una cultura en la que cometer este tipo de crímenes parece estar permitido.
“LA RESPUESTA DE LAS AUTORIDADES HA SIDO NULA”
Como ocurre en la mayor parte de los casos cuando el cuerpo de una mujer aparece brutalmente asesinado en un descampado en algún rincón de Guatemala, las autoridades no iniciaron una investigación efectiva sobre la muerte de María Isabel. Sin más opciones, Rosa tomó las riendas del caso y de la investigación, mientras el Ministerio Público –la institución encargada de estos casos– fallaba en hacer las preguntas debidas. Consiguió un listado de los teléfonos desde donde María Isabel había recibido sus últimas llamadas. Allí aparecieron números de amigas, compañeros de trabajo y de un taxista que solía llevarla y traerla. Rosa comenzó a hacer conexiones y preguntas. “Toda la investigación la hice yo poco a poco. Del Ministerio Público nunca fueron a allanar el lugar donde metieron el vehículo que usaron para transportar el cadáver, ni hicieron exámenes de fluidos de semen, ni de los cabellos que encontraron en las uñas de mi hija.” Pero diez años más tarde, los únicos datos que podrían haber ayudado a la investigación, listados de teléfono, conexiones y contactos entre sospechosos, ya no existen. Los exámenes de fluidos no se hicieron a tiempo y las autoridades ahora dicen que la ropa que María Isabel llevaba ya no existe.
“La fiscal responsable de la investigación, la persona que no hizo nada, se atrevió a decir que a mi hija la habían asesinado porque era una prostituta. Yo me puse a llorar del dolor que me dijera eso. ¿Cómo pueden saber eso?, encima que no hacen nada, manchan la memoria de una persona que ya está muerta”, dice Rosa. “Toda mujer que matan, todas son prostitutas, según las noticias, todas son mareras. ¿Cómo saben?, y aunque lo fueran, las autoridades tienen la responsabilidad de hacer justicia, de investigar.”
Ante la falta de respuesta a nivel nacional Rosa decidió golpear puertas fuera de Guatemala y llevar el caso de María Isabel hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la institución regional de más alto nivel de las Américas, que está estudiando la denuncia y se pronunciará en los próximos meses. Si encuentran que el Estado ha fallado en investigar el asesinato de María Isabel de manera eficaz, la comisión puede presionar al gobierno a tomar acciones.
“Todo esto me causa dolor, coraje, ira, impotencia, pero seguiré luchando, por la memoria de mi hija y la de las otras mujeres”, dijo Rosa desde su casa, en Guatemala, con la misma fuerza de hace una década, como si el tiempo no hubiera pasado.


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Ellas y ellos en la escuela
 Por Gabriel Brener (*)

Manuel tiene 5 años, es domingo y va para la cancha con su papá, se detienen en un kiosco por una gaseosa y lo tienta una atractiva muñeca con los colores de su equipo. El kiosquero interrumpe su deseo y con su mejor sonrisa pedagógica señala que es para una nena. Ya en la cancha de su equipo del alma, subiendo con prisa los escalones de la popular, Manuel tropieza y se golpea una rodilla. Un testigo de su llanto lo palmea en la espalda y lo arenga: “¡Vamos, nene, que los hombres no lloran!”. Luego de un rato la impaciencia del empate se apodera de la hinchada y entonces el cantito de siempre crece como una ola... “A estos putos les tenemos que ganar.”
Al día siguiente, Manuel llega a preescolar con su bolsita celeste, igual que sus amigos. Las cuelgan en percheros diseñados por sus maestras, con leones para ellos y flores para ellas. Lo masculino y lo femenino no es algo que venga dado, aunque algunas situaciones parezcan tan naturales como la puesta del sol. Se trata de una construcción que tiene mucha historia y que siempre está condicionada por el contexto en que se vive. Que un pibe vaya a la cancha con su papá, que la muñeca sea para una nena, que haya colores o animales para ellos y para ellas, que llorar no es cosa de nenes son patrones culturales que se van aprendiendo.
En las escuelas existe lo que se conoce como currículum formal u oficial. Pero también existe lo que se conoce como currículum oculto que los adultos transmiten cotidianamente sin ser absolutamente conscientes de dicho pasaje. Allí se ponderan las desiguales relaciones de poder entre varones y mujeres, padres y madres, pobres y ricos como una cosa natural.
A lo largo de la historia, la Iglesia, la familia, la escuela, los medios de comunicación, entre otros, han contribuido en la construcción de estereotipos de género a través de creencias, modos de nombrar, configuración de las relaciones sociales y de las formas de ejercicio del poder, estableciendo jerarquías a varones y a mujeres desde muy pequeños. Estas jerarquías han cobrado mayor o menor institucionalidad, pero han sido igualmente eficaces para quebrantar deseos, interrumpir proyectos, secuestrar oportunidades, en especial, al grupo de las mujeres.
En mi experiencia como director de una escuela secundaria en la provincia de Buenos Aires recuerdo a más de un profesor que consideraba a las alumnas en inferioridad de condiciones, naturalizando así las calificaciones diferenciadas. Por eso, la perspectiva de género, la historia de lucha de tantas mujeres y su notable protagonismo social y político, así como la ambición por construir una sociedad cada vez más igualitaria y más justa, quizá nos permita también explorar otras formas de construcción de masculinidades que rompa con los estereotipos de modelos “exitosos” del mercado o de la más rancia tradición machista.
Hay que pelear para que puedan multiplicarse los hombres comunes y corrientes que se animan a jugar de igual a igual, con quien sea, ofreciendo a los más pequeños una masculinidad que pueda negociarse a gusto de cada quien, leyendo cuentos y diciendo “te quiero”.
(*) Licenciado en Educación y especialista en gestión y conducción del sistema educativo. Capacitador y asesor de docentes y directivos de escuelas y coautor de Violencia escolar bajo sospecha.


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